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jueves, 18 de octubre de 2012

Es como una explosión de calor por todo el cuerpo. Un rayo que te recorre fiero de los pies a la cabeza. Te quedas quieta. Inmóvil. Intentas controlar tu respiración. Notas como se tensan todos tus músculos. El corazón se agita inquieto dentro de ti. Cada vez más rápido. Duele. Se te oprime el pecho. Quieres evitarlo pero terminas respirando con ansia. Como si todo el oxígeno del mundo no fuese suficiente. Cierras muy fuerte los ojos, te concentras para asimilar el primer golpe. El rayo se te clava en el estómago. Abres los ojos. Empiezas a sudar. Llega la sensación de agobio. Coges grandes bocanadas de aire, buscas volver a dominar la situación. Pero es imposible detener esa eclosión de emociones. Sientes que la ropa te aprieta, que se pega a tu cuerpo de una manera inaguantable. Te lo quitas todo. Te desnudas torpe y rápida, para luego dejarte caer sobre la cama. Vuelves a cerrar fuerte los ojos, llega el segundo golpe. El rayo se clava en el corazón. Le impide latir por un segundo. Te produce un doloroso escalofrío. Por un momento efímero, piensas que vas a morir. Aguantas. Abres los ojos y parecen océanos de lágrimas deseosas de escapar de ti. Respiras profundo. Poco a poco tu inspiración y espiración vuelven a la normalidad. Sientes la calma. Disfrutas la calma. Te tiembla todo el cuerpo. Y después tus músculos se relajan. Lloras sin ganas. Lloras por necesidad, sacas de tu ser toda ese agua que te ahoga. 

Ya está. Miras al techo. Estás abriendo puertas peligrosas. Odias el hecho de tener con qué comparar. No soportas tener que competir en esta guerra extraña. No sabes explicarte. Es difícil explicar algo así y encontrar alguien que lo entienda. Olvidar tantas pesadillas. Es difícil, a veces, soportar el peso de los recuerdos. De la vida. Ya. Pero merece la pena. Porque anoche llovió y esta mañana el sol nos ha regalado un arco iris. Porque aunque rompan los nidos de golondrina, estas siempre encuentran techos más altos en los que salvaguardarse. Sonríes. Te cuesta sonreír, pero te obligas a ser feliz por toda esa perfección que te rodea. Te resulta cruel tener forzar el sentimiento de alegría. Disimular. Meterte en el papel. Ser partícipe del guión del mundo. A nadie le gustan las chicas tristes, te dijo. No quisiste darle la razón, pero lo piensas, a veces. Tiene que ser complicado querer a una persona triste.

Suspiras. Te pones de pie y te vistes. Sabes que debes abandonar cuanto antes esas cuatro paredes. Sales a la calle y caminas, trazando en tu mente un plan. Piensas también en un lugar al que escapar por si algo falla. Y te inmiscuyes entre la gente que camina por Gran Vía, cada uno con su historia, con su plan, con su huida.  Te rodeas de muchas otras vidas. Es una especie de soledad en compañía. 

Y ahí estás tú, andando hacía cualquier parte, en busca de cualquiera que se atreva a abrazarte.  

4 comentarios:

Jo dijo...

a veces uno teme esa pérdida
o sentirse perdida para nunca, puesto que tus ojos que alguna vez le vieron por vez primera son ca si los mismos que otra puede tener para verle y empezar a quererle

como nosotros...

Yellowprincess dijo...

Las calles de Madrid siempre me han parecido muy llenas de vida, pero vacías.
Cada uno vuela con su propia historia, sin mostrársela a los demás.
A veces, las grandes ciudades pueden ser muy solitarias, aunque siempre estés acompañado

Javi dijo...

Una pena que "Juan Mann" no estuviera cerca.
La ciudad está preciosa nublada. Espero que siga así algún día más...

Anónimo dijo...

Creo que había olvidado lo bien que lo haces... Algo que no tengo en común con mi madre, ella nunca olvida tu forma tan bonita de escribir. Si compartimos que ambas echamos de menos tus historias más a menudo.
te quiero pequeño gato y si, quiero verte.

PIO