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martes, 13 de noviembre de 2012

El cielo y el infierno, los dos están en ti.

Están ahí. Debajo del tercer foco, a la derecha. No hay nadie más en el teatro que ellos dos, y yo que los observo, los espío a una distancia prudencial entre bastidores. No sé de qué hablan, pero ríen a menudo. Él hace una mueca y ella se deja caer sobre el escenario soltando una carcajada estruendosa. Silencio. Luego se incorpora y retoman la conversación. Ella gesticula mucho con las manos mientras habla. Me pone nerviosa. Ya está. Me siento ridícula ahí, oculta detrás del telón, escondida como un preso a la fuga. Decido cumplir mi cometido, acercarme y decirle que no intente llamarme, que he perdido el móvil, pero que no se preocupe, estaré en casa estudiando para el examen del jueves. Deslizo un pie para iniciar la ruta, entre mi guarida y sus risas. Pero algo me detiene. Una mirada suya, un gesto, me petrifican y me convierten en una inerte escultura griega. A mi también me miraba así al principio, también me acariciaba de vez en cuando el hombro mientras hablábamos. Mi mente hace un flasback impresionante. Recorro nuestra historia en un minuto. Y salgo de allí como una gata, ágil, sigilosa, feroz. Abandono el teatro y solo quiero un motivo para no odiar al Universo, a todos los Universos que existan. 

Camino. Y en mitad de Gran Vía pienso en ti. Me detengo. Observo el humo de los coches escapar hasta el cielo. Miro los rostros ajenos de todas esas personas que andan con su vida a cuestas. Y te imagino describiendo este momento, dirías algo así como: "Ahí estás tú, en mitad de esta ciudad que se auto-destruye. Como lo hicimos nosotros."  

Comienza a llover. Llueve demasiado como para no salir corriendo. Cuando corres bajo la lluvia puedes sentir como sales de tu cuerpo. Es un instante de libertad absoluta. Es la magia de las gotas de agua golpeándote la cara. Es la excusa perfecta para llorar sin que nadie se de cuenta de tu desgarrada tristeza.

Podría culpar a mi subconsciente, pero estoy justo en la puerta de tu casa. No sé si llamar o no. Intento hacerme creer que eres la última salvación posible. Pulso el timbre con el dedo índice. Escucho tu voz difusa a través del telefonillo. "Sube", me dices. Y yo obediente, recorro la escalera al cielo de tu sexto sin ascensor.

Estás tirado en la cama. Exhalando el humo de la última calada del cigarro. Me quedo de pie en la entrada de aquel paraíso deforme. "Se puede estar muy lejos y cerca a la vez, o muy cerca pero lejos", dices. Te acercas hasta mí y tiras de mi brazo, obligándome a entrar en aquella habitación cálida, en la que no tiene cabida el frío del invierno. Sonríes. Abres el armario y me das una toalla y una de tus camisetas. "Date una ducha de agua caliente", dices imperativo, "y luego me cuentas a qué se debe tu agradable visita después de todo este tiempo". 

No te digo nada. Voy hasta el cuarto de baño. Dejo la ropa mojada en el lavamanos e introduzco mis músculos, mis huesos y toda mi anatomía en tu ducha. Disfruto  de la paz que me regalan las gotas de agua ardiendo que se deslizan ávidas desde mi cabeza hasta el sumidero. Restriego despacio el jabón por mi piel, me cubro de espuma y me transformo en nieve cálida. Abro de nuevo el grifo y las moléculas de dos hidrógenos y un oxígeno eliminan de mi cualquier rastro de gel olor frambuesa. Después, me envuelvo en la toalla, y pienso en el extraño hormiguero que se ha desencadenado dentro de mi al volver a verte. 

Vuelvo a tu habitación y esta vez te encuentro sentado en el sillón marrón de cuero que está junto a la ventana. Me invitas a mirar la lluvia contigo, dices "sé que te gusta mirar la lluvia". Sonrío. 

Dejas sobre la mesa el lápiz y tu libreta de dibujos. "Voy a traerte un café, que se te caliente el cuerpo", dices arqueando varias veces las cejas con una media sonrisa en la boca. "Idiota", musito, con la otra media sonrisa en la mía. Sales hacia la cocina. Curioseo las cosas que hay sobre tu escritorio, como si se tratase de una especie de ritual estudiado deslizo mis manos por cada uno de los objetos. Un poemario de Bukowski, un libro de Kerouac, otro de Milan Kundera. Abro este último al azar, me sumerjo en la lectura de un párrafo perdido en cualquiera de sus páginas. Leo: "Una nostalgia silenciosa y prolongada le oprimió el corazón. No era sólo nostalgia de aquel hombre, sino también de la oportunidad perdida. Y tampoco sólo de esa oportunidad concreta sino de la oportunidad como tal. Sentía la nostalgia de todas las oportunidad es que había perdido, e incluso de aquellas que nunca había tenido". Cierro el libro de un golpe seco. Como si alguna de esas palabras mecanografiadas, pudiese salir del papel y matarme. Sigo mi ruta:  fotos de Barcelona, una libreta azul, un revólver de imitación, un cenicero con un par de colillas de canuto, una película de Ray Loriga. Y entonces llego a aquello que había desatado mi curiosidad desde el inicio: tu libreta de dibujos. Observo las lineas cuidadas que forman el cuerpo sin ropa de aquella mujer. Me aflijo ante la dulzura con la que has dibujado sus muslos, y su costado. La fina linea  con la que describes sus brazos y el óvalo de sus rostro. Te imagino deslizando el lápiz sobre el papel para crear cada uno de sus largos cabellos, que se deslizan como una cascada de agua negra sobre sus hombros y sus pechos. Es preciosa. Tu visión de esa mujer es preciosa. Y lo odio.

Vuelves con el café y me sorprendes hurgando entre tus cosas. Me cambias la taza por la libreta de dibujos. "Veo que has mejorado mucho.", te alabo. "La práctica, supongo", dices, "quizás tengas razón, pero aunque haya perfeccionado mi técnica, de mis dibujos de desnudos, el favorito sigue siendo el primero", me miras fijamente y coges una carpeta vieja de uno de los cajones del escritorio. La abres y sacas con sumo cuidado un par de bocetos. Reconozco ese dibujo. Te miro tímida a los ojos mientras sacas de la carpeta el último de los papeles. La obra terminada. La virginidad y la pureza de mis dieciséis años desnudos, marcadas con grafito sobre el folio. Acerco mis dedos a los vórtices de la imagen desnuda de mi cuerpo, no toco el papel para evitar estropear tu obra, nuestra obra. No toco el papel pero sí toco, en la distancia, los recuerdos de aquel día. La música del tocadiscos, el olor del incienso, la suavidad de las sábanas. 

Se te llenan los ojos de huracanes. Te acercas mucho a mi. Como en un juego. Conoces cada movimiento. Tienes estudiado cada paso. Coges mis muñecas y me aprisionas. No dejo de mirarte fijamente. No me muevo. Tus labios están a tres milímetros de los míos. Noto el calor de tu respiración. Noto tus dedos subiendo por mis brazos hasta mis codos. Sonríes vacilante. Yo no hago ningún gesto. Simplemente estoy ahí, en frente tuya, intentando no pecar. 


"Esta bien... tú ganas", dices, y te dejas caer sobre la cama. "Intentaba comprobar si venías a que lamiera despacio cada una de tus heridas. Porque noto tu tristeza. Percibo tu tristeza aunque sonrías. Admiro la tristeza que emanas. Me atrae terriblemente la tristeza que ocultas en alguna parte de ti", haces una pausa y prosigues: "ahora ven y cuéntame cualquier cosa que haga que no fluyan correctamente tu sístole y tu diastole." Y yo, me siento a tu lado y hablo de él, de ella, de la escena del teatro. Hablo de él y te confieso que estoy terriblemente enamorada y que no soporto que la mire de ese modo. Te describo varias situaciones,  te cuento esto, lo otro. Saco de mi todas las historias que tenía gangrenándose dentro del hipotálamo.

 Entonces tú, como si hubieses hecho oídos sordos a todos mis quejidos preguntas: "¿Antes, me hubieses dejado besarte?". Te respondo un "No", frío y seco. Entonces atacas de nuevo: "Re-formulo la pregunta, ¿antes, has deseado que te besase?". Y zas. Me callas. No puedo decir nada. Quiero responder negativamente a esa pregunta, pero no quiero mentirte. Tú te ríes y prosigues: "¿Dónde está él ahora mismo?". "Me dijo que iba a ir a cenar con unos compañeros del teatro", respondo sin saber muy bien a dónde quieres ir a parar. "Bien, veo que lo tienes localizado... ¿y él, sabe dónde estás tú? ¿le has dicho que venías a verme? Es más, ¿le has hablado alguna vez de mi?". Y zas. Me callas de nuevo. Desaparecen de mi todas las palabras. "Estás siendo una egoísta.", dices tajante. "No puedes vivir atormentada por los deseos ajenos, no se pueden controlar los deseos de nadie, los deseos están hechos de un material indestructible. Se puede romper una copa de cristal, un fémur, un amor. Pero no se puede romper un deseo, porque es algo que existe, pero que no existe, es algo se ansia conseguir, pero que no se tiene, y ahí radica su magia. Todos deseamos algo, todos tenemos uno o varios deseos, que evolucionan a medida que evolucionamos nosotros y que desaparecen al hacerse realidad. No se puede luchar contra un deseo. No lo intentes. Cada persona tiene sus propios deseos, sus metas, sus ilusiones. Para mi el amor consiste en convivir con los deseos de la persona amada, no hay reprimirlos, tampoco hace falta aceptarlos, si no aprender a convivir con ellos. Ser consciente de que forman parte de esa persona. Amor es amar a una persona con todo lo que forma parte de ella.".

No puedo evitar dejar caer algunas lágrimas. Darte la razón mientras muevo la cabeza con los ojos cerrados. Me coges y me acurrucas entre tus brazos. "Él te quiere, tú le quieres. Cada uno tiene sus deseos. No adelantes acontecimientos. No le des más vueltas." Me resulta agradable a la par que extraña, la sensación de consuelo que siento a tu lado. Te abrazo. Me permito el capricho de abrazarte. Compartimos un instante de la vida, una milésima de segundo de la Historia de la Humanidad. Pienso en él. En ti. Entonces, me viene a la  mente aquello que escribió García Márquez, eso de que "se puede estar enamorado de varias personas a la vez, y de todas con el mismo dolor, sin traicionar a ninguna. El corazón tiene más cuartos que un hotel de putas."  y me pregunto si aún te quiero, o solo amo aquello que un día fuimos, ese deseo inconcluso que nos unió, que nos une. Dudo de si esto que siento ahora mismo es amor o nostalgia, o ambas cosas a la vez.

Interrumpes mis pensamientos: "Quiero que hagamos un trato", exclamas, "incluso en los peores días de tu vida, tendrás que ser feliz cuando escuches esta canción." Te acercas al reproductor de música. Pulsas el play. Suena Led Zeppelin, tú cantas al compás... there's a lady who's sure all that glitters is gold. And she's buying a starway to heaven. Y yo, sonrío.

6 comentarios:

Yellowprincess dijo...

Creo que no sabes cuanto me alegra abrir tu blog y ver una nueva entrada. Debo admitir que fue tu blog el que me animó a empezar a publicar yo también algunos de mis escritos, aunque no sean lo mismo (ni por asomo).
La verdad es que me he sentido muy identificada con los párrafos del final. Muchas veces se puede confundir la nostalgia con el amor, pero en mi opinión, cuando pasa eso, es porque esa persona, a la que recurres en esos momentos, es esencial en tu vida, quieras admitirlo o no.

Ross Shakesheave dijo...

Márquez siempre dando en el clavo. Tú dejándome sin palabras con la entrada. Y la canción... perfecta.

P.D.: ¡tienes que escribir entradas largas más a menudo!

cirujano plastico especialista dijo...

Increible relato... se nota que has nacido para esto
Me ha encantado la sencilla manera que tienes de narrar las situaciones y sensaciones que vas atravesando en esta
historia.... yo soy un cirujano plastico reparador de profesion pero un poeta y escritor de alma que se apasiona cuando encuentra este talento en la web
felicitaciones todos tus post son una delicia

saludos desde argentina y hasta la proxima visita

Javi dijo...

La primera vez que oí esa frase de Márquez fue en palabras de otro Alcolea.

Don't get lost in heaven.

¡Te ha quedado realmente bien!

Pio dijo...

Me hsa dejado sin palabras, creo que es una de las mejores historias que te he leido :P

Porque el amor y el deseo hacen tanto daño...

Besos guapa

Julia de Miguel dijo...

Tienes la capacidad de engancharme hasta el final del todo, enserio qué manera de describir hasta la más mínima sensación. Increíble