martes, 26 de marzo de 2013

Feniletilamina.

La verdad suele producir silencio.

Andaba por aquel camino y sentí la necesidad irrefrenable de abrir los ojos. Lo hice. Y al principio, la luz me cegó, como al prisionero que escapa de la caverna de Platón. Continué a tientas durante unos minutos. Más tarde, cuando mis pupilas se adaptaron a los tonos lumínicos que emanaba esa nueva realidad, pude disfrutar de la extraña belleza de lo desconocido. Tenía miedo, como el que se pierde en mitad de un bosque de árboles gigantes. Pero también curiosidad, ganas de descubrir qué había detrás de los muros pintados de mi prisión. Salí del camino de arena marcado y me inmiscuí entre la hierba y las flores que lo rodeaban. Caminé durante días y en ocasiones, esa cruel soledad llegó a parecerme hermosa. Entonces, cuando menos lo esperaba, encontré un precipicio. Un grandioso precipicio al que asomarse para sentir  la violenta sacudida de la libertad. Ya no tenía miedo a la muerte. Nadie que ame lo suficiente tiene miedo a la muerte. Por eso salté. 

Y volvería a hacerlo de nuevo.

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