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miércoles, 3 de julio de 2013

La rabia.

Un vaso a la mitad.
Lleno.
Y vacío.

Los rastrojos de una fiesta que termina.

Dos inocentes se besan en la habitación de arriba
cosiéndose la distancia a los labios.



Tú me miraste muy serio, a los ojos
y dibujaste un corazón fluorescente
prometiste las cosas que se prometen,
nos abrazamos con una dulzura infinita
y supe que aquello era el amor
en su máximo exponente. 


Hay momentos que es mejor no encerrarlos nunca en un poema.


Yo te miré muy triste, a los ojos
y te dije que no me importaba
lloré las cosas que se lloran,
nos callamos con una violencia maldita
y supe que aquello era el amor
en su máximo exponente. 


Quise ser como mi abuelo, y olvidarlo todo.
Quemar el pasado, como quien quema una carta.
Romper las noches de insomnio mientras rompía las fotografías.

Acumulé la rabia
me mentí
para no hacerte daño.

No supe gritar las cosas que se gritan.
Gasté todo mi oxígeno intentando resucitar
a un animal muerto.

Una rata.
Una golondrina.
Una hormiga.
Un oso.

¿Cómo puede una misma persona hincharte el corazón
y clavarle, luego, una aguja?
Un globo sangrando,
una niña asustada.



Tengo la cicatriz de los que han tenido que sobrevivirse a ellos mismos.
La acaricio,

me miro en el espejo y suplico:
perdóname.

2 comentarios:

N dijo...

Es importante pedirse perdón a uno mismo llegado el momento. Pero solo cuando se tiene la culpa de aquello que ha ocurrido.

Un besín

danilita21 dijo...

Como suplicándole a una orquesta arrítmica que armonice sus silencios.

Un abrazo de estrellas.