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jueves, 4 de julio de 2013

Sobre una performance de Marina Abramovíc.

 "La presentación performática más extensa realizada por Abramović, 
716 horas y media sentada inmóvil frente a una mesa en el atrio del museo,
 donde los espectadores eran invitados por turnos a sentarse enfrente, 
a compartir la presencia de la artista."



Casi gemelos.
Dos cuerpos, que son dos planetas
corriendo en círculos en el espacio de una sala
aunando energías.

Dos bocas
inspirando una el aire de otra
hasta llenarse los pulmones de dióxido de carbono
de muerte
y caer exhaustas
diecisiete minutos después del primer roce.

Mil novecientos ochenta y ocho
cada uno en un extremo
de la Gran Muralla China
acercándose a cada paso
pero con la promesa de separarse para siempre
tras su encuentro con el último abrazo.


Nueva York
Veintitrés años después.
La artista levanta la mirada
y le ve,
al otro lado del muro de madera
con forma de mesa.

Se miran a los ojos
después de toda la lluvia
de todos los libros
de todas las canciones.

Se miran
entre los aplausos de los visitantes del MoMa.

Veintitrés años después
se sienta frente a ella
para decirle
nada.

Y en medio de ese abismo
ella estira los brazos
y él le copia el gesto.
Cuatro manos juntas
de nuevo,
para decirse
todo.

Cuantas horas caben en esos segundos.

Marina se queda sentada
viéndole desaparecer entre la gente.
Así es como vemos marcharse al amor de nuestra vida
con esa extraña mezcla de sentimientos,
la mirada perdida en el infinito.
Y en silencio.

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