lunes, 28 de octubre de 2013

Seudónimos.

"Cuando la necesidad nos arranca palabras sinceras, 
cae la máscara y aparece el hombre."

Lucrecio - Poeta y filósofo romano. 

  Camino por esa ciudad que es cualquiera con La campana de cristal como único compañero. Roman à clef de muchas otras vidas. Jauría de tristes vencidos por la locura. Me detengo para fotografiar una estación de tren desierta. Paradójico planeta el nuestro, más de siete mil millones de personas para estar solo. Y para echar de menos solo a una. Me quedo un rato mirando las vías, raíles paralelos, como vidas que pese a compartir viaje, nunca llegarán a cruzarse. Es como leer un libro, justo después de haber curioseado en la contra portada la biografía del autor, y tener esa extraña sensación de que le conoces, sin conocerle. Compartir horas de tu vida con otra vida, en otro tiempo. Es la maravillosa crueldad de la existencia. Deposito mi cuerpo en un banco de madera y respiro el cálido color del atardecer. Juraría que esa nube ya la he visto alguna vez. Ojalá empezase a sonar música de alguna parte. Y se callase todo el silencio que me grita por dentro. Ojalá apareciese la ilusión, vestida con su traje del domingo,  para besar el cuerpo delgado y pálido en el que encierro mis veinte años. La elegante alma de un gato se contonea por el filo de aquel muro. Sí, aquel, míralo, el que tiene un poema de amor escrito con tinta invisible. 

 Abro el libro por esa página. Leo como excusa para hacerme vieja más rápido, leo para que se gaste el tiempo.  Me pregunto qué fue lo último que pensó Plath antes de meter la cabeza en el horno. 

1 comentario:

Pez de ciudad. dijo...

Un lujo volver a estar por aquí si es con tu mundo.