domingo, 20 de octubre de 2013

Veinte minutos.

Sonaban canciones psicodélicas y agitábamos nuestros cuerpos poseídos por demonios nostálgicos y hambrientos. Bailábamos con los ojos cerrados y aspirábamos profundo el humo, como si aquel local fuera el mar o un bosque. La compañía se iba al baño a vomitar los errores o al callejón de al lado a comerle la boca a cualquiera. Yo me quedaba hipnotizada por las luces de neón, bendito espacio artificial lleno de galaxias coloreadas y brillantes. Precioso lugar en el que perderse del mundo por unas horas. El dj ha tenido la elegancia de poner mi canción favorita. La música está tan fuerte que la siento como un abrazo de reencuentro. Cuantas almas condenadas a vivir un mismo tiempo.

Luego camino hacia casa, con un poema de Allen Ginsberg en la cabeza. Amada generación, desearía haberme emborrachado de literatura y otras drogas con todos ellos. Al primer intento, la llave encaja perfecta en la cerradura. Eso son cosas que pasan a veces. Ando despacio por el pasillo con las luces apagadas. Al final la luz tenue de una farola que se cuela por la ventana. Ilumina las caras que decoran las fotografías. Los de verdad siempre estarán ahí. Me arranco la ropa y la arrojo con violencia a cualquier parte. Estar desnuda me hace sentirme dulcemente libre. Empujo mi alma hacia la bañera. El agua está demasiado caliente. Luego demasiado fría. Todo en mi existencia parece tener dificultad para alcanzar un término medio. Siento el incoloro líquido resbalar por mi cuerpo arrancándome la suciedad del mundo. Miro el sumidero. Dedico unos largos minutos de mi paso por el planeta Tierra a mirar como el agua se cuela por ese agujero. Todo es metáfora de cualquier cosa. Miro el agua colándose por el sumidero y pienso que eso es la vida.  

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