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jueves, 9 de enero de 2014

Ni siquiera puedo decir en voz alta su nombre.

"Hay algo inexplicable que agita mi alma 
y que no logro comprender". 

Frankenstein, de Mary Shelley



Yo sabía que el roce provocaría
el incendio
aún así subí las escaleras del bosque
crucé la frontera
para encontrarme con
nosotros.

El fuego tiene colores hermosos
la calidez de un abrazo
de bienvenida
la destrucción de tu abrazo
de bienvenida.

Vacié mis ojos y besé
tu boca
de nido de araña.

Me resigné a leer el epílogo 
a escupir el amor que me quedaba dentro.

Después huimos del lugar del crimen
dijiste
no escribas
que no se enteren los ciervos de nuestro
poema.

Dormí a tu lado, 
y esa mañana me desperté abrazada
a un animal muerto.


Las flores tienen colores hermosos.


Corrí tan de prisa que no llegué a ningún sitio
me desplomé 
sobre las rocas del acantilado.

Vi la sangre recorrerme los muslos
roja
roja
como el color favorito de Plath. 
Sentí como el alma se agitaba violenta
dentro del cuerpo.


Alguien me sacó de 
ahí.
Los labios me guiaron a un refugio
y la ansiedad era más dulce
y la locura podía recluirse entre los libros de una estantería.

Le dije a mi amante me duele tanto 
el corazón
que creo que moriré antes de que amanezca.
Él lo cogió con cuidado
él lo lamió hasta dejarlo limpio
nuevo
reluciente.
Él le cantó nanas y lo acunó en mi pecho. 
Luego se hizo pequeño
y se perdió en algún abismo invisible
de esta maldita ciudad.

Me salvó y ni si quiera puedo
decir en voz alta su nombre.


La culpa es nuestra por no saber rezar
la culpa es mía por no perder a tiempo la
esperanza.

La culpa es de los que definieron
el pecado
de una manera tan sencilla.

Lo peor es golpearse el pecho
poner la otra mejilla
gritar
implorar
suplicar

y preguntarte si existe algún Dios,

algún Dios que nos perdone. 



2 comentarios:

tierramojada dijo...

Si no existiese algún Dios que nos perdone, tu poesía ya crea un manto de perdón eterno.

Javi dijo...

Los amantes son seres imposibles que nosotros hacemos realidad.