jueves, 20 de marzo de 2014

En un séptimo, sin ascensor.

«Solo el cuerpo sabe su verdad.»

-Natalia Litvinova-


Respiro pero, estoy muerta. ¿Cómo explicarlo? Mis amigos no lo saben, porque no hay epitafio en mi tumba. Mis hijos no lo saben, porque no tienen memoria. Alguno de mis amantes lo intuye, pero no dice nada. Me preguntan por mis poemas, no por mis pulmones. Me dicen que tengo la piel blanca y las manos frías. Me recomiendan que lea a Dostoievski y que me apunte al gimnasio. Me hablan de las mujeres de su vida y de lo cara que se ha puesto la luz. Me besan y dicen eres hermosa. Pero son ciegos, porque no saben ver más allá. Solo algunos se atreven a besar la cicatriz de mi frente. Solo uno sabe besar mis veinte años. Leería a Dostoievski si fuera una mujer. Me he cansado de leer a hombres. Desde que aprendí a leer siempre me han hecho leer a hombres, en el colegio, en el instituto. Parecía que las mujeres no escribían. Parecía que las mujeres no existían. O que ellos eran mejores, ellos se merecían ser leídos por salvajes niños de siete años, solo ellos eran los suficientemente fuertes para ser leídos por obligados quinceañeros con las hormonas en éxtasis. Por eso leo a Woolf, a Duras, a Mistral, a Sexton o a Pizarnik. Porque escriben bien aunque tengan coño. Porque nadie quiso presentármelas y tuve que perderme para encontrarlas. Por eso les hablo de ellas a mis amantes cuando me dicen que lea a Dostoievski, y como helado de chocolate cuando me dicen que vaya al gimnasio. Y ellos me abrazan y dicen que estoy rellena de pájaros. E imagino mis células como millones de  aves minúsculas volándome dentro. Anidándome en el páncreas. Comiéndose mi estómago. Acariciando mi hígado con sus plumosas alas. Me pregunto quién puede querer a una mujer que está llena de pájaros y pienso que mis amantes están locos. Son locos y tiernos, como un niño construyendo una fortaleza de piedras al lado de un hormiguero. Respiro pero, los muertos no pueden amar. Yo tengo un nombre en el hipotálamo y cuando es de noche se hace carne, y el tacto sutil de sus dedos, al acariciar las palabras que aprisioné en mi costado, hace que me estremezca. Estoy muerta pero, mi corazón late fuerte. ¿Cómo explicarlo?  

2 comentarios:

Javi dijo...

Lo has explicado muy bien.
En la poca poesía que he leído siempre he buscado las emociones y los sentimientos, nunca reparé en la persona que los evocaba.
No dejes de lado a Neruda, aunque suene a tópico..

Yo dijo...

Leerte y quererte es fácil.

un beso